lunes, 15 de mayo de 2017

A un siglo de la Revolución de Octubre la utopía socialista no ha funcionado en ningún país

En 2017 se cumplen cien años de la Revolución Rusa, la primera revolución de obreros y campesinos de toda la historia. Después de un siglo de ensayo y error, ninguna de las revoluciones socialistas -ni la soviética, ni la china, ni la cubana, ni la coreana, ni la vietnamita, ni la nicaragüense, ni la bolivariana- cumplieron su promesa de liberar a los pueblos de la explotación económica, la opresión política y la discriminación por razones ideológicas, religiosas, raciales, de género u orientación sexual. El tipo de socialismo que se ensayó a lo largo de estos cien años no funcionó ni funcionará debido a razones económicas, políticas y sociales que a continuación vamos a explicar.
El fracaso económico
Las revoluciones socialistas conocidas, tras su promesa de erradicar la explotación del hombre por el hombre, expropian los medios de producción que pasan al Estado como supuesto representante de los intereses generales de la sociedad. Pero como la asociación de productores independientes que planteaba Marx los transforma en seres humanos libres y autónomos, esto no conviene a la nomenklatura política y burocrática que, para aferrarse al poder, impone su control y dominación sobre la sociedad al criminalizar el emprendimiento y la iniciativa privada y tipificarla como una amenaza de restauración del viejo orden capitalista.
Paradójicamente, las élites gobernantes que secuestran el poder operan como una casta explotadora que maneja las empresas públicas como si fueran de su propiedad y logran apoderarse de buena parte del plusvalor social a través de los privilegios que se otorgan, y de la corrupción y saqueo de los recursos públicos. Incluso, en países donde los socialistas han tomado el poder por la vía electoral, se intenta controlar los niveles de ganancias a partir de rígidos controles que dejan congelados los precios por debajo de los costos, generando crecientes pérdidas que desestimulan la producción y causan una creciente escasez de los bienes más esenciales para la sobrevivencia humana.
En lugar de controlar las ganancias a través de la promoción de inversiones y de la competencia entre miles de empresas que ofrezcan una abundante oferta de productos con menor precio y mayor calidad, el socialismo dogmático inhibe el espíritu emprendedor y aleja la inversión, provocando la crónica escasez que ha signado a los ensayos socialistas. Por si fuera poco, el socialismo electoral del siglo XXI, para poder reelegirse indefinidamente en el poder, intenta mantener su popularidad con dádivas y prebendas que lo obligan a gastar más de los impuestos que pueden recaudar, y así termina financiando su déficit con emisiones de dinero sin respaldo en la producción, lo cual propaga la inflación, disuelve la capacidad de compra de los salarios y empobrece a la población que esa pseudo izquierda en el poder dice proteger y defender.

El fracaso social
La escasez de alimentos, medicinas, productos de higiene personal, artefactos electrodomésticos, repuestos automotrices, etc., como consecuencia inevitable de un modelo estatista basado en ruinosas expropiaciones y en la hostilidad a la empresa privada, es caldo de cultivo para que se multipliquen las perversas prácticas del acaparamiento, especulación e inflación que aniquilan la capacidad adquisitiva de los hogares y causan el empobrecimiento generalizado de una población que no logra satisfacer sus necesidades básicas y esenciales.
En los casos del socialismo electoral, la política asistencialista y compensatoria lejos de ofrecer una solución estructural a la problemática del desempleo, la pobreza y la exclusión social, desemboca en una manipulación clientelar de las compensaciones que destruye el valor del trabajo en el imaginario de los pueblos y los acostumbra a vivir indefinidamente de dádivas y prebendas que no son fruto del esfuerzo productivo. Las asignaciones a través de las cuales se manipula a la gente se presentan como la gestión del gobierno revolucionario y socialista para hacer valer los “derechos inalienables” del pueblo, cuando en realidad son un instrumento de dominación y opresión.
En una verdadera política social habilitadora y emancipadora, la compensación tiene que desaparecer a medida que el aumento del nivel educativo, la capacitación técnica y el financiamiento a proyectos productivos faciliten la inclusión social en el sistema económico, de tal forma que los favorecidos dejen de depender de la política asistencialista y puedan satisfacer sus necesidades a partir de su propio esfuerzo y de su inserción en la construcción de un nuevo modelo productivo liberador. Pero como se ha visto, la prolongación en el tiempo de estas ayudas sociales las degenera y las convierte en un instrumento de dominación y opresión.
El fracaso político
Los intentos fallidos por construir el socialismo han degenerado en un modelo de dominación que tiene a imponer la hegemonía de un solo partido, con liderazgos autoritarios que se aferran al poder a través del culto a la personalidad y reelecciones indefinidas, donde los candidatos del oficialismo se miden con ventaja al hacer un uso indebido de los recursos públicos en cada campaña electoral, incluyendo la movilización forzada de funcionarios a sus actos proselitistas. Esto crea un ambiente de opresión política, toda vez que a los trabajadores se les violan sus derechos y son despedidos por manifestar una preferencia política distinta al continuismo oficialista.
El sistema político basado en la hegemonía de un solo partido degenera hacia la burocratización y el autoritarismo político. La historia del Partido Único es la historia de la burocracia, el burocratismo y la burocratización. La libre organización política es obstaculizada, criminalizada y perseguida. Este mecanismo de dominación se manifiesta en la entronización de elites burocráticas y la nomenklatura partidista que usurpan la soberanía popular y conculcan la institución del voto, concentran el poder de decisión en pocas manos e imponen el fetichismo jurídico expresado en el culto al plan gubernamental y a la norma amañada, sin importar su pertinencia y grado de legitimidad.
En nombre de la mayoría, la nomenklatura niega el acceso democrático a los derechos políticos del pueblo, los cuales pasan a ser exclusivo privilegio de las élites dirigentes y gobernantes, dando origen a grupos de poder que, en la práctica, se constituyen en clases o castas sociales al secuestrar y usufructuar -para su propio interés- el sistema socioeconómico y materializar sus intereses y ambiciones particulares desde las posiciones de poder.
En mayor o menor medida, los intentos por construir el socialismo, tanto en el siglo XX como en el XX, reeditaron y exacerbaron los peores flagelos de la vieja sociedad que pretendieron superar. Y en nombre de la defensa del bloque socialista internacional, llegaron al extremo de justificar las aberraciones colonialistas e imperialistas con sus invasiones de tanques que ahogaron en sangre la soberanía nacional y el derecho a la autodeterminación en Hungría, Checoeslovaquia, Afganistán, etc. Ninguna de las experiencias conocidas honró los valores que enarbola la utopía socialista. Por eso, cuando derribaron el Muro de Berlín, disolvieron la URSS y uno a uno fueron cayendo los socialismos estatistas y autoritarios de Europa oriental, nadie echo un tiro en su defensa.
El fracaso del neo-rentismo socialista
La Revolución Bolivariana triunfó con la promesa de convocar una Asamblea Nacional Constituyente, redactar una nueva Constitución para refundar la República y erradicar las causas estructurales de la pobreza y la exclusión. Hoy la Constitución Bolivariana luce como letra muerte y ya ni siquiera le sirve a la nomenklatura que se aferra al poder y por eso pretende cambiarla para hacerse un traje a la medida.  
El auge de los precios del petróleo le dio al gobierno de Chávez la autonomía financiera para no tener que depender de los impuestos de los contribuyentes ni de las inversiones privadas y extranjeras. Un gobierno eufórico por los impresionantes saltos que daban los precios de los crudos terminó embriagado por el caudaloso ingreso petrolero y exacerbó como nunca la cultura rentista de su clientela electoral, cuyo leitmotiv consiste en vivir de las transferencias que el gobierno hace de la renta y no del merecido gozo de los frutos del trabajo productivo.
Cuando un gobierno demagógicamente siembra la idea de que el pueblo es copropietario de las riquezas del subsuelo y que a cada quien le toca su gota de petróleo, lo que logra es desquiciar la mentalidad rentista de todo aquel que pretende vivir sin tener que trabajar, así como la rapacidad de los corruptos que ansían hacerse millonarios, aunque no tengan nada que invertir.
Los principales voceros del oficialismo siempre se han ufanado de haber destinado el mayor porcentaje de la renta petrolera al financiamiento de la inversión social para reducir los elevados niveles de desempleo, desigualdad, pobreza y exclusión social heredados de la IV República. Así, las temporales mejoras en los indicadores sociales que mostró el socialismo venezolano se sustentaron en el auge sin precedentes que registró en aquellos años la renta del petróleo. El neo-rentismo socialista que Chávez promovió funcionó a la perfección mientras los precios del petróleo estuvieron altos y el gobierno pudo disponer de una abundante renta para financiar la inversión social y aliviar las precarias condiciones de vida de la población más vulnerable. Paro al no diversificar la economía y generar empleo productivo y emancipador, con el colapso de los precios del petróleo esa pasajera ilusión de prosperidad se vino abajo y la burbuja reventó.
La manera como se despilfarró el último auge de los precios del petróleo una vez más deja claro que en un país donde el gasto público no se financia con los impuestos que pagan los contribuyentes sino con la renta, no hay buenos o malos gobiernos sino buenos o malos precios del petróleo. Con precios por encima de 100 $/b cualquier gobernante se luce, encubre sus errores y sostiene su popularidad para ganar todas las elecciones con solo levantar la mano a sus candidatos.
Pero con bajos precios del petróleo, al no contar con el mismo caudal de renta, cualquier presidente rápidamente pierde popularidad al no poder complacer a un electorado clientelar que espera ansioso la aparición del nuevo mesías. Una vez que se desploman los precios del petróleo se hace imposible sostener los programas sociales de los que depende la satisfacción de las necesidades básicas de la población más pobre. Sin la caudalosa renta, el falso profeta ya no cuenta con la misma capacidad de maniobra y así le resulta imposible prolongar su hegemonía.
Con el pretexto de enfrentar la guerra económica y defender las conquistas del socialismo venezolano, la nomenklatura oficialista ha transformado la escasez y el hambre en las condiciones básicas para imponer su modelo de dominación. Con bolsas de comida, ineficientes subsidios y gratuidades indebidas, el neo-rentismo socialista explota la ausencia de una cultura del trabajo para asegurar una clientela electoral que, en vez de sentirse orgullosa de ganarse la vida con el sudor de la frente, medra de las dádivas del gobierno a cambio de su incondicionalidad electoral. ¡Vaya manera de destruir la dignidad y el decoro de un pueblo!
Al cumplirse cien años de la Revolución Rusa, son muchos los intentos fallidos y demasiadas las evidencias de que el modelo socialista, tal como se implementó, no funciona, incluyendo el neo-rentismo socialista que pretendió implantar la Revolución Bolivariana. Y ya resulta contradictorio y absurdo obstinarse en justificar y defender un formato estatista, autoritario y opresor de organización política, económica y social que es totalmente contrario a los objetivos de igualdad, justicia, libertad, fraternidad y bienestar que la utopía socialista teóricamente se propone lograr. Los hechos revelan que sus promotores, una vez que logran controlar el gobierno, tienden a centralizar y concentrar todo el poder.
La Revolución Bolivariana, al igual que otras pseudo-revoluciones, terminó  secuestradas por poderosas nomenklaturas burocráticas, militaristas y corruptas que degeneraron en un régimen cada vez más autoritario y represivo, impusieron el hambre como su modelo de dominación y se enquistaron en el poder haciendo gárgaras a nombre del pueblo, la patria, la soberanía y el antiimperialismo. Con sus estragos y excesos, mancharon el honor de la utopía socialista, desprestigiaron la revolución que prometía a los pobres de esta tierra la esperanza de una vida mejor y enterraron el ideal del socialismo emancipador y democrático que alguna vez inspiro a tantos seres humanos de buena voluntad.

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